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martes, 2 de abril de 2013

El eterno femenino: Rosario Castellanos

FEMINEIDAD Y FARSA
María de Jesús Gómez Lazos 

                                                                              “¡Somos tan pocas las mujeres mexicanas que hemos pasado a la historia![i]
 
La mujer y el teatro en México han tenido pocos puntos de encuentro. Son pocas autoras, pocas obras; Rosario Castellanos por ejemplo, “Judith y Salomé”, “Teatro Petul”, “Tablero de damas”  y “El eterno femenino”.  ¿Por qué? “no hay otra alternativa, si pensamos que nuestra misión en el mundo es perpetuar la especie[ii]”.  Ante tales circunstancias, nadie puede negar la eficacia, aunque no siempre eficiencia, de las mexicanas.

Castellanos, dedicó mayor porcentaje de su actividad creadora a la poesía, la novela, el cuento e incluso el ensayo; sin embargo, no deja de ser importante su intervención en el teatro, sobre todo con su obra póstuma El eterno femenino. En ella reúne, bajo una capa de humor e ironía; sus preocupaciones y denuncias  hacía la supuesta feminidad nacional.

La obra nace a raíz de la propuesta de Emma Teresa Armendáriz. Quien en una entrevista con Javier Galindo, relata: “desde un inicio me dijo que no sabía escribir teatro. Lo había intentado con dos obras en verso […] pero no estaba satisfecha[iii]”. Rosario juzgaba su propio trabajo,  conocía sus posibilidades y su carácter; quizá por eso eligió la farsa.

Este género “critica los vicios y errores de personajes grotescos que intentan transgredir la norma moral, histórica y social en que se desarrolla la obra, cuya estructura formal es simple[iv]”. La farsa le facilitó a Castellanos jugar con múltiples caras de mujer, con un sin fin de situaciones que van desde la joven que quiere casarse, hasta la prostituta, la  que practica yoga por ser “lo que se usa ahora[v] o la que ingresa al convento “por sentido práctico[vi]. Y todo cupo en su carcajada; incluso el vestuario: 

“El encargado de la decoración. No tratará, en ningún momento, de ser realista, sino de captar la esencia, el rasgo definitivo de una persona, de una moda, de una época. Es aconsejable la exageración, de la misma manera que la usan los caricaturistas, a quienes les bastan unas cuantas líneas para que el público identifique a los modelos en los que se inspiraron sus figuras[vii] 

Caricaturas, así son los personajes en El eterno femenino. Caricaturas que se empeñan en serlo y a fuerza de insistir se tornan realistas; en tanto que son reflejo de la realidad “objetiva”, de la “verdad”. En la misma entrevista con Galindo, cuenta la actriz: “El Teatro Hidalgo se llenó de intelectuales, artistas, poetas y público en general. Pero resulta que la obra es terriblemente mordaz, satírica, donde la gente se moría de risa y se reía de sí misma. Algunas personas se enojaron. Decían que la obra había ofendido a la mujer mexicana[viii]. Como dice el dicho… no duele, pero incomoda.

Lupita, la protagonista, está en el salón de belleza; la van a peinar para su boda. La dueña del salón prueba un nuevo aparato, que se adapta a la corriente eléctrica del secador y produce sueños a las usuarias, “con tal de no pensar[ix]”. Lo estrenan con Lupita, en la modalidad de “¿Qué me reserva el porvenir?[x]”.  El sueño se convierte en pesadilla; los celos del esposo, la madre, los hijos, la amante, el asesinato, la vejez. Ella despierta perturbada pero vuelve a meter la cabeza en el secador; entonces hace un recorrido histórico, desde Eva hasta la Adelita, pasando por Sor Juana, la Corregidora, etcétera. Vuelve a despertar, gracias a un apagón. Su cabello es un desastre, no hay otra solución que pelucas.

La obra consta de tres actos largos. En su estreno se llevaron a escena sólo el primero y tercero, sin detrimento del efecto final; y no porque el paso por la feria y el museo sean irrelevantes,  sino porque cada fragmento tiene su propia fuerza.  Algunas escenas son de tal peso que podrían presentarse independientemente sin problema; tal es el caso de la versión de Eva y Adán, Los Corregidores, La vida matrimonial de Lupita o “La mujer de acción[xi]”. Son cuerpos  enteros en sí mismos, enlazados únicamente por la lógica de los sueños. Eva, la primera, es molde de las otras; como dice el corrido final, esas otras que “infestan la tierra […] serpientes disfrazadas[xii]”.  “La propuesta teatral de El eterno femenino […] fue muy criticable por los difíciles cambios escénicos aparentemente inconexos[xiii]”.

Otra dificultad de montar esta obra, es la diversidad de escenarios; el salón de belleza, la casa de Lupita, los diferentes foros de televisión, la feria, el museo, el paraíso, la casa de Manuel Acuña, la calle, la casa de la usurpadora, etc. A pesar de que se pretenda realizar con austeridad, son tantos los elementos requeridos que la puesta en escena es costosa.

Los personajes son casi inasibles, ni Rosario se tomó la molestia de enumerarlos, so pretexto de “no olvidar/ a ninguna[xiv]. Por mi parte retomaré los “indispensables”: 

Lupita

Una joven mexicana como cualquier otra, de ahí su nombre. No es explícito, pero de niña su mamá le contó, por lo menos Cenicienta y Blanca Nieves; luego conforme pasaron los años fue introduciéndose en asuntos más serios, las siempre familiares y entretenedoras telenovelas. Ha llegado al “día más feliz de su vida”, ¿qué pasará después?, hasta donde sabe “vivirán felices para siempre”, entonces aparece solemnemente la palabra “FIN”; es decir, la muerte.

Pero antes de tocar algo tan íntimo, “dime cómo mueres y te diré quién eres[xv] ¿Quién es Lupita?

Padece una adicción al “té con hojitas de tenme acá[xvi]”.  Esas hojas tienen una peculiaridad, sólo los niños las compran. El mocoso sin hermanos, no es el caso de Juanito, al no tener a quién molestar va con la madre o el padre; ellos muy propios, muy en su sitio, envían al pequeño a comprar “tenéme aquí”,  con la abuela o la tía, alguien desocupado que pueda hacerse cargo por un tiempo del susodicho. Lupita es una niña y una molestia.

Niña porque para obtener su felicidad sigue el programa de los cuentos de hadas y las telenovelas, espera “realizarse como mujer” con el casamiento y la maternidad; después de todo “no hay felicidad comparable a la de ser madre […] aunque […] cueste como en muchos casos, la vida[xvii]”.

Se asume como una molestia y lo es en ciertos casos; para su mamá, Lupita II, Juan, la dueña del salón de belleza, ¡la secretaria! Es una molestia para sí misma, porque no sabe que hacer de su existencia. Recurre a un plan preestablecido, pero éste se agota el día de su boda y por una imperfección de la realidad ella no muere, ni se detiene el tiempo en un éxtasis eterno, la vida sigue en potencia.

¿Qué puede ser Lupita? 

Mamá

Dice Lupita, eco de su madre, “ni más ni mejor de lo que yo fui[xviii]”. Rosario Castellanos denuncia la cadena de imitación que hay en México en torno al modo “femenino” de ser. La mamá de Lupita es Lupita en mamá.

No es niña pero no renuncia a serlo. Ha perdido la inocencia, pues no hay mancha de plasma que valga contra la evidencia de los hijos. Sin embargo, se ocupa en trabajar la forma; el modo más simple es la impotencia, la dependencia, la vulnerabilidad.

Cuanto más pequeños e indefensos son los niños, más lloran. Así, el sufrimiento se convierte en el estado “digno” de ser mujer; “una señora decente no tiene ningún motivo para ser feliz… y si lo tiene, lo disimula[xix]”;  de lo cual podría continuar: o lo elimina con agua salada.

“La que nos amó antes de conocernos se lo merece todo[xx]”. ¿Amó?... En fin, lo importante en esta frase es que se lo merece todo, menos la felicidad; porque la maternidad, para Lupita y su mamá, es un sacrificio.

Pero esta mamá también es feliz, cuando se encuentra viuda, sin el peso de los hijos, y malcriando a sus nietos, en venganza. Es más feliz conforme se acerca a su muerte física. 

Prostituta

La mujer “indigna” también disimula para no “desanimar a la clientela[xxi], tanta es la desdicha…Oculta su voluntad, porque sería menos atractiva con esa característica.

Se trata de una mujer de negocios, conoce las necesidades del mercado y conforme a ellas ofrece su producto. Como buena emprendedora es capaz de renunciar incluso a la fama de serlo, siempre que consiga el éxito; y éste se mide en términos monetarios.

En toda transacción comercial capitalista “el pez grande se come al chico”; el dinero no se crea ni se destruye, sólo cambia de mano. Se trata de “salvajismo de mercado” en pleno. La constitución física masculina es por lo general más fuerte que la femenina; por eso la prostituta requiere “protección”, “vigilancia”, es asunto de vida o muerte y el servicio se paga. Ni modo: gajes del oficio, lo mismo pagarle al Cinturita o a Carstens.

Usurpadora

“La querida. A la querida se la quiere[xxii]. La mujer que enarbola la bandera del amor,  “lo único por lo que vale la pena vivir[xxiii]. Se da toda cuando lo encuentra, sin importar el que dirán.

Pero ¿qué es el amor? No voy a desarrollar aquí este problema, pero ella tampoco lo hizo, apostó sin ver, sin saber; para qué si contaba con “el sexto sentido con que [la] dotó la naturaleza[xxiv]”.  

No es valiente, se tapa con su bandera y le “da miedo dormir sola[xxv]”. En consecuencia no es capaz de encarar a su amante “para que él no se sienta culpable ni asqueado[xxvi]”.

Mientras ella se forja ilusiones, para su amante es una cosa desechable que ni siquiera merece llamarse esposa. 

Celebridad

La mujer con cierta virtud destacable, pero subsumida voluntariamente ante el hombre, sea esposo o representante, o ambas: “si no fuera por él[xxvii] no sería nada. 

Funcionaria

Es una reproductora de discursos hechos. Ignorante, sabe hablar bien sin pensar.  

Astrónoma

La casualidad la ha llevado a la fama, sin suerte sería una soltera más, deslucida, fácil de ignorar y olvidar, un cero a la izquierda.

Los últimos tres personajes están definidos en la obra fuera de Lupita; sin embargo, ella puede ser cada una de ellas, y muchas más, se agotó el programa sin defunciones, Lupita es posibilidad en sí.

Castellanos muestra también su visión de las excepciones, las mujeres que sí ocupan un lugar en la historia de nuestro país. Esto es ficción, pero queda claro que sus motivos fueron distintos, cada una tiene una personalidad diferente, inconfundible: la Adelita es la Adelita y no Sor Juana, ni Doña Josefa es Rosario “la del nocturno”. Son mujeres que inventaron, a pesar de las circunstancias se atrevieron a crearse. ¿Fueron felices? Bastante es que fueron. 

Juan

El macho mexicano promedio, un Juan cualquiera. Se casa y espera de su mujer, no inteligencia, ni siquiera virtud; su preocupación es “¿te gustó?[xxviii]”.  Se impone, reclama obediencia, basa su virilidad en la fuerza por la que obliga: “va a llegar el momento en que no te vas a quejar de lo duro sino de lo tupido[xxix]”.

         Enemigo de su suegra y uno de sus más fieles cómplices; “Lupita, por favor, rápido, dime, rápido, qué es lo que se te antoja para ir a traértelo, pero de inmediato, o antes si es posible[xxx].

         A él no le gustaban los cuentos de hadas, desde chico fue muy hombre; para tratar a las mujeres eso basta.

         “Ni están todas las que son / ni son todas las que están[xxxi]. Lupita no es toda la mujer, ni Juan es todo el hombre. Son sólo caricaturas.  
 

El Eterno femenino es risa, llanto, denuncia… ¿feminista? sí, de una mujer pensando en las mujeres mexicanas; pero tiene un alcance que va más allá de los asuntos de género. Es una o uno (Lupita o Juan, o María o Pedro, o Lola o Emiliano) ante la vida. Ser lo que dicen todos, lo que dicta la costumbre, la censura (“Una trusa color carne -  que ha de producir, lo más posible, una impresión de desnudez[xxxii]”);  o ser lo que se quiere concientemente.

Rosario Castellanos, con el Eterno femenino muestra su visión particular, pero concluye “Lo demás es su problema[xxxiii]”.
 

María de Jesús Gómez Lazos es egresada de la Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.
 

Obras consultadas:

Castellanos, Rosario. El eterno femenino. Fondo de Cultura Económica. México, 1975.

Galindo Ulloa, Javier. La farsa y la mujer mexicana. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. México, 2004.



[i] Rosario Castellanos, El eterno femenino, p. 87.
[ii] Ibíd. p. 189
[iii] Javier Galindo,  La farsa y la mujer mexicana, p. 34.
[iv] Ibíd. p. 18
[v] Rosario Castellanos, Op. cit. 57
[vi] Ibíd. p. 108
[vii] Ibíd. p. 23
[viii] Ibíd. p. 35
[ix] Ibíd. p. 30
[x] Ibíd. p. 32
[xi] Ibíd. p. 169
[xii] Ibíd. p. 203
[xiii] Javier Galindo Ulloa. Op. Cit. p. 37
[xiv] Rosario Castellanos. Op. Cit. p. 204
[xv] Ibíd. p. 54
[xvi] Ibíd. p. 26
[xvii] Ibíd. p. 45
[xviii] Ibíd. p. 62
[xix] Ibíd. p. 39
[xx] Ibíd. p. 66
[xxi] Ibíd. p. 154
[xxii] Ibíd. p. 167
[xxiii] Ibíd. p. 159
[xxiv] Ibíd. p. 159
[xxv] Ibíd. p. 161
[xxvi] Ibíd. p. 164
[xxvii] Ibíd. p. 172
[xxviii] Ibíd. p. 35
[xxix] Ibíd. p. 36
[xxx] Ibíd. p. 43
[xxxi] Ibíd. p. 204
[xxxii] Ibíd. p. 32
[xxxiii] Ibíd. p. 196