EL EROTISMO, LA MUJER, Y LA MUERTE
COMO
RASGOS DE LA INFLUENCIA DE EDGAR ALLAN POE
Por
César Abraham Vega Guerra
Se antoja imposible hacer un
breve abordaje del cuento de terror psicológico latinoamericano sin aludir de
paso a la obra del gran maestro Horacio Quiroga (1878-1937); es ineludible advertir
la influencia suministrada por el magnánimo y monstruoso cuervo bostoniano,
Edgar Allan Poe (1809-1849), no sólo en la obra sino también en la vida
tortuosa, trágica y dramática del escritor uruguayo; vida que culminó de manera
desastrosa una tarde del 19 de febrero de 1937, cuando Quiroga, tras habérsele
diagnosticado cáncer de próstata, puso fin a sus días bebiendo un vaso de
cianuro en un Hospital de la ciudad de Buenos Aires. Por un sinnúmero de
semejanzas halladas dentro y fuera del texto de Quiroga con la vida y obra de
Poe, el uruguayo se levanta como el portador indiscutible del oscuro pendón de
la literatura de horror modernista en América Latina.
Es
bastante claro que la literatura de horror, maravillosamente escrita por
Quiroga y tan influida por Poe, tiene rasgos bien definidos de lo que
llamaremos “el Cuento Maldito”: historias de horror psicológico en las que por
lo regular existe una pugna de intelectos, intrigas, estratagemas ocultas,
atizadas por una atmósfera de misterio, de mucho suspenso que produce un estado
de trastorno en el lector a través del planteamiento de situaciones bastante
extraordinarias, pero que no sobrepasan la verosimilitud de un hecho real;
dejando al lector con la escalofriante sensación de cosas tales pueden
atravesarse en su vida habitual.
Cabe
destacar que tanto Poe como Quiroga utilizan elementos aparentemente inocuos de
la naturaleza, para depositar en ellos una entidad maligna que será el
contrapunto psicológico de los protagonistas; por eso se les sitúa en la
corriente del naturalismo.
Para
ejemplificar lo anterior podríamos recurrir a los cuentos “El almohadón de
plumas” de Quiroga y a “El gato negro” de Poe. En ambos la entidad maligna se
deposita en dos creaturas de la naturaleza, un parásito chupasangre escondido
en una almohada y un gato de color negro con rasgos peculiarmente perversos. En
ambos casos las entidades siniestras son las que definen el desenlace neurótico
de los relatos y en ambos el protagonista queda sometido a una serie de juegos
mentales de los que no puede escapar y en los que las elucubraciones, las
sospechas, la paranoia y los intentos de lograr una solución venturosa quedan
supeditados y neutralizados por las maldades que habitan dentro del parásito y
del gato.
Ahora
bien, aunque la narrativa de Quiroga supo emular magistralmente la fórmula
literaria instaurada por Poe y además fue capaz de tamizarla a la perfección
por esos rasgos tan latinoamericanos que le granjearon tanta acogida, para
hacer honor a la verdad debemos apuntar que el escritor uruguayo no fue el
único, ni en su tiempo, ni en su lengua, que experimentó con los bosquejos
narrativos del colosal Poe.
A Don
Horacio Quiroga le acompaña y de muy cerca un escritor cubano[i] nacido apenas siete años
después que él y fallecido tres años más tarde de su muerte en Argentina;
Alfonso Hernández Catá (1885-1940), quien incursionó maravillosamente en diversos
géneros literarios, pero que con su prosa, y en particular con su relato
aglutina sendos rasgos del cuento maldito en el que irrenunciablemente está Poe
como arquetipo, modelo al que acertadamente supo dar un giro bastante
interesante. Sin embargo, por esos azares del destino, Alfonso Hernández no
goza de la fama del “Poe latinoamericano”. No se le considera siquiera, un
exponente de la literatura de terror psicológico.
La
vida de Hernández Catá también tuvo algunos episodios infaustos y neuróticos;
sin embargo, lo que realmente nos ocupa es la estructura con que el escritor
cubano construyó a sus personajes y con ellos a sus relatos[ii]. Bien es cierto que la
narrativa catiana ajusta a la perfección con las características que enlistamos
del cuento maldito, no obstante el cubano supo hacer un rompimiento necesario con
el naturalismo dentro del que se movían Poe y Quiroga y en consecuencia supo
anudar magistralmente los conflictos psicológicos de los personajes, ya no
determinados por entidades abstractas y conceptualizadas sino por antagonistas
humanos alejados de un maniqueísmo duro y dotados de tremenda escala de
contrastes entre el bien y el mal. Sus dotes de dramaturgo le permitieron hacer
composiciones narrativas llenas de teatralidad.
Alberto
Garrandés escribe que la influencia aportada por Poe en la narrativa de
Hernández Catá cobra más fuerza “en el cuento ‘La hermana’” dónde “desarrolló
una historia de vesania erótica alrededor de un caso de incesto -la perspectiva
era el caso clínico- que, en términos artísticos, se comunica con algunos
sensuales y morbosos fantasmas de Poe”.
Pero
¿por qué no permitimos que sea el mismo Edgar Allan Poe el que nos describa su
modelo de relato? Y así podremos determinar con más exactitud qué tantas
influencias “malditas” existen en los tres relatos del escritor cubano que nos
ocupa:
Un
hábil artista literario ha construido un relato. Si es prudente, no habrá
elaborado sus pensamientos para ubicar los incidentes, sino que, después de
concebir cuidadosamente cierto efecto único y singular, inventará los
incidentes, combinándolos de la manera que mejor lo ayude a lograr el efecto
preconcebido. Si su primera frase no tiende ya a la producción de dicho efecto,
quiere decir que ha fracasado en el primer paso. No debería haber una sola
palabra en toda la composición cuya tendencia, directa o indirecta, no se
aplicara al designio preestablecido. Y con esos medios, con ese cuidado y
habilidad, se logra por fin una pintura que deja en la mente del contemplador
un sentimiento de plena satisfacción. La idea del cuento ha sido presentada sin
mácula, pues no ha sufrido ninguna perturbación; y es algo que la novela no
puede conseguir jamás. La brevedad indebida es aquí tan recusable como en la
novela, pero aún más debe evitarse la excesiva longitud.
También
es deseable destacar que el mismo Poe asumía que la lectura del relato debe
provocar en el lector una "conmoción súbita (como un puñetazo en el
estómago, por ejemplo)” [Romero] cosa que consideramos como el rasgo más
importante que convierte a un cuento cualquiera en un cuento verdaderamente
maldito.
Ahora
sí, entrando en materia, Alfonso Hernández Catá cuenta con una cantidad
abrumadora de relatos, de los cuales, escogimos tres (“Cuento de Amor”, “El
Gato”, y “El Testigo”), en los que
consideramos que el influjo de Poe tiene su evidencia más grande. Al mismo
tiempo iremos entresacando la personificación del mal en tres figuras
femeninas, el erotismo perverso contenido en cada una de ellas y, en consecuencia,
los efectos funestos desatados por estos personajes; demostrando con ello que
Poe resulta una fuente de inspiración determinante en la escritura de Hernández
Catá, y que sin embargo, el cubano hábilmente logro llevar la literatura de
horror psicológico a un plano más allá de las fuerzas naturales que asolan la
existencia humana, haciendo que la acción humana se convierta en el némesis solitario,
castigador de sus propias fechorías.
En
cada uno de los tres cuentos encontraremos a un personaje femenino que es
determinante para el desarrollo neurótico de las historias, aunque sólo en dos
de ellas dichos personajes tienen un rol protagónico (“Cuento de Amor” y “El
Testigo”) y en el cuento restante la figura femenina se yergue como antagonista
de la historia (“El Gato”); este rasgo es importante porque la caracterización
de cada personaje responde a perfiles psicológicos muy distintos pero que
comparten entre sí una sensualidad extraordinaria que define deliciosamente el
tono erótico de las historias. Esa misma sensualidad queda hacia el desenlace
de los relatos, asociada con la muerte.
Curiosamente,
la sensualidad de los personajes femeninos que Poe incrustó en sus relatos,
están indiscutiblemente asociados a un erotismo lúgubre en el que se encuentra la
muerte como catalizador de la belleza. De igual forma, el personaje femenino en
Poe, padece incesantemente los más terribles castigos de la crueldad humana,
aspecto que se repite paralelamente en la escritura de Hernández Catá en el que
las féminas, ya sea en consecuencia de sus propios actos o en total inocencia,
se ven atormentadas por suplicios infamantes y neuróticos. Sin embargo en el
cuento catiano, el catalizador se invierte, la belleza es la que provoca la
muerte. Para demostrarlo sólo hace falta ver los perfiles psicológicos de
personajes como Berenice, Leonora, Ligeia, y Madeline de Poe contrapuestos con la
fraulein (señorita), la chinita, y “ella” de Hernández.
Cabe
hacer notar que en los tres cuentos de Hernández Catá, los personajes femeninos
de los que hablamos carecen de un nombre propio, sus enunciaciones son
referenciales, impersonales, casi “cosificadas” por el intenso uso de
diminutivos al referirse a ellas; este recurso narrativo es importantísimo en
el ámbito de la recepción que tiene el lector de las historias. El autor, logra
que el lector se apropie de los personajes y de sus actos a través de la
despersonificación; si uno se enfrenta a un texto en el que los rasgos del
personaje están intransigentemente definidos, uno puede crear cierta distancia con
el discurso narrativo y eventualmente con la catarsis que pretende detonar; en
cambio, cuando los rasgos son tan ambiguos y difusos, y además se carece de un
nombre propio para designar al personaje, la historia se acerca peligrosamente
al subconsciente del lector poniéndolo en riesgo no sólo de un proceso
catártico, sino de una paranoia flagelante o al borde de un ataque de ansiedad.
Ahora,
si nos sujetamos a lo que apuntamos con anterioridad sobre el arquetipo de
cuento según Poe, y más concretamente sobre aquello de la “conmoción súbita”,
encontraremos que por lo menos estos tres cuentos de Alfonso Hernández Catá,
cumplen a la perfección con lo trazado por el paradigma, pues el desenlace de
cada cuento surge de manera explosiva en un ámbito promedio de cuatro líneas,
el escritor cubano no necesita más para dar un vuelco tremendo al hilo
narrativo de cada una de las historias y que sin embargo no resulta tan abrupto
o tan inverosímil para desestabilizar la secuencia narrativa, sino por el
contrario, define con un contundente knock-out
literario.
Hablando
de la construcción de los personajes y de los trazos siniestros que obran en
cada una de ellas, facilitará nuestro estudio si las colocamos en una escala de
perversidad:
La
que encabeza la lista es la fraulein del “Cuento de Amor”, es una mujer llena
de encanto y belleza física; de buenas maneras, educada y graciosa.
“Bastaba
ver su pelo de oro mustio, su aire frágil y sus castos ojos azules, para
comprender que el amor, al apoderarse de ella, tendría más temblor de alma que
de fuego de carne. Hasta las palabras
fútiles adquirían, al pasar por sus labios, blandura de caricia: y aun cuando
hablara de cosas cotidianas, parecía otorgar o pedir suavemente”.
Durante
prácticamente todo el relato no se percibe de manera consciente un vestigio de
maldad aparente; y es precisamente aquí donde radica su exacerbado nivel
siniestro, pues no sólo hace falta que la fraulein sea capaz de la atrocidad
más insospechada sino que además sus dotes tienden una trampa insalvable para
todo aquel que deposita su confianza en la muchacha: “Al verla por primera vez nadie pensaba que pudiera ser
institutriz. Toda ella era candidez y espiritualidad. Únicamente en el cuerpo
tenía ángulos”.
En
el segundo estrato la encontramos a “ella”, un ama de casa en apariencia
normal, pero con una vida sexual de gran liviandad; a “ella” le gusta correr el
riesgo de engañar a su esposo, un hombre violento, vengativo y celoso; por si
fuera poco, el escenario de los episodios adúlteros es su propia casa, en su
recámara, en la misma cama donde duerme con su esposo, a riesgo de que su hijo,
un niño de nueve años, atestigüe sus deslices. Hasta aquí podría no existir
ningún rasgo de malignidad en nuestro personaje, pues es altamente comprensible
que una mujer en sus condiciones, fustigada por una vida matrimonial llena de
tedio y vacía de amor, busque satisfacer ciertas irresoluciones maritales ya
sean de índole emocional o puramente sexuales.
El actus nefandus opera cuando ella asume
que sus infidelidades son actos maliciosos y no obstante ella se regodea en su
propia arrogancia al sentirse superior que el incauto de su marido; es decir,
el pecado de “ella” no es por lujuria sino por soberbia; a “ella” le excitaba
saber que detentaba una posición de superioridad y de poder frente a su marido,
sin que si quiera éste se dé por enterado:
Ya
la llave giraba con ruido mal evitado en la cerradura. ¡Su pobre marido era torpe para disimular
hasta cuando pretendía sorprenderla! Y
por primera vez se le manifestaron la franqueza y la hidalguía implícitas en
aquella dificultad para el engaño.
Yo,
en su lugar - pensó -, habría aceitado la cerradura; me habría procurado de
antemano, una llave de abajo para no tener que llamar al sereno, y en lugar de
someterlo a aquel interrogatorio de seguro estéril, que, a pesar de las voces
veladas resonó en el silencio de la noche como un aviso, dándole tiempo para
apercibirse, habría subido silenciosa, felina […]
Sin
embargo, ella no es tan mala, es muy humana, constantemente se remuerde por sus
actos, se solaza infinitamente cuando encuentra una oportunidad para corregir
secretamente todos sus pecados, y es su mismo remordimiento el que la lleva de
la mano a un desenlace fatal. En contraste con la fraulein, “ella” es una mujer
que se vuelve víctima de sus propios pecados. Su maldad “inocente” le persigue
hasta destruirla:
En
el último estamento tenemos a la chinita, un personaje que en comparación con
los dos anteriores posee un perfil psicológico mucho menos elaborado,
prácticamente es un fantasma, una entidad muy difusa que parece no tener mayor
repercusión en la secuencia narrativa y que, sin embargo, define tremendamente
el desenlace del cuento.
La chinita
es una mujer joven, reverente, amable y sobre todo es portadora de una
sensualidad irrevocable. Fray Leopoldo, trastornado por una serie de hechos
trágicos, sólo puede percibir en ella una entidad demoniaca, tentadora y sugerente;
no hay en toda la historia un sólo acto perpetrado por la chinita que pueda
asumirse como perverso y, a diferencia de las protagonistas de los otros dos
cuentos, la chinita se asocia al mal no por lo que hace, sino por lo que es: una
mujer.
Este
hecho conduce a fray Leopoldo a una tremenda lucha psicológica consigo mismo
por no caer en la tentación de la carne, el autor nos deja saber, que el
frailecillo ya había acariciado suavemente los linderos de la concupiscencia: “cometiendo un pecado tal vez, advirtió
que la joven que se reclinaba lánguidamente todos los crepúsculos sobre la
borda con la cabeza envuelta en un velo azul y el cuerpo moldeado bajo las
telas claras, era ‘casi igual’ a la Magdalena del cuadro grande de la capilla”.
Sin
embargo, aunque la chinita no tiene rasgos de maldad inherente en su personalidad,
y a decir verdad es demasiado deferente; toda la maldad que se percibe en ella
es aludida por fray Leopoldo al traerle a la mente el recuerdo de una muchacha,
hija de un sacristán del convento en el que estuvo recluido toda su vida y que
pudo haber representado la única tentación que amenazara su vida monástica: “La mozuela se escapaba de
sus faenas para venir a consolarle, y le sonreía en el silencio con sus dientes
menudos, con sus labios sutiles: en realidad con los dientes anchos y la boca
pulposa de la hija del sacristán: en realidad con la boca de todas las mujeres
jóvenes del orbe”.
La chinita,
como hemos apuntado antes, por el simple hecho de ser mujer, exacerbaba en fray
Leopoldo todas esas pasiones e irresoluciones lascivas que doblegaban la
resistencia casta del fraile; ceder a ellas, someterse a los placeres de la
carne equivalía a rendirse ante la voluntad maléfica de Satán: “¿Cómo en la
placa fotográfica de sus retinas habían quedado aquellas imágenes latentes para
ser reveladas después por los ácidos de Satán?”.
La
misión evangelizadora del fraile en aquellas remotas tierras orientales había
fracasado por completo, en esa desventurada incursión había perdido del modo
más trágico a fray Juan, su maestro y único compañero; en los últimos esfuerzos
piadosos que enarboló también fracasó al no poder salvar la vida del gato
desvalido que con tanto esmero cuidó. Dejarse seducir por los encantos de la chinita
y con ello traicionar sus votos de castidad sería coronar Trismegisto a Satán.
Por eso, para el fraile, la chinita era el refractario de la maldad.
Evidentemente,
en las tres historias, los personajes femeninos son concluyentes para el
desarrollo de la trama, pero sobre todo, son necesarios para torcer el hilo
narrativo y aportar un tono maldito en los desenlaces de los relatos. No cabe
duda que la influencia del escritor bostoniano está muy presente en el estilo
catiano. Incluso, las muestras que de admiración profesaba Hernández Catá a Poe
rebasan el corpus de estos tres cuentos:
En
1908 Hernandez Catá fue de uno los primeros traductores de Poe al español, Andrea
Castro consigna que en la traducción de ”El retrato ovalado”, el cubano “agrega
trozos explicativos y modifica algunos hechos importantes en la narración del texto
fuente en inglés”. Dato que no podemos pasar por alto, ya que en él está
fuertemente declarado el gusto que tenía Hernández por Poe; goce tal que al
cubano le surgía la imperiosa necesidad de emular la narrativa del escritor
norteamericano, e incluso de reescribirla y crear en ella nuevas sombras de
terror psicológico menos cercanas al naturalismo y más allegadas a los
tormentos de la psique humana.
Así mismo,
Hernández Catá fue el responsable de escribir el prólogo de una de la
traducción del libro “Narraciones Extraordinarias” de Poe; en el que habla de
un modo bellamente literario sobre la vida y obra del escritor bostoniano;
prólogo que intituló: “Breve noticia sobre el poeta norteamericano Edgar Pöe” (sic).
El
genio de Don Alfonso Hernandez Catá ha sido gradualmente olvidado, en gran
medida opacado por el “protagonismo” de su contemporáneo, Horacio Quiroga. También
a su injusto olvido han intervenido potencias como Cortázar que con su
preciosísimas traducciones ha captado las miradas de los feligreses de Poe al
ofrecerles las versiones más fidedignas que existen de los cuentos
norteamericanos en español; también, ¿por qué no decirlo? fue el mismo
Hernández Catá que con sus “rebases” de las fronteras trazadas por Poe en el
terreno de la literatura de horror modernista, quedó autoexiliado
paulatinamente de los esquemas tradicionales del Cuento Maldito, pero que
secretamente se yergue en silencio más allá como un arquetipo distinto de la
literatura de terror, en espera de que alguien lo venga a buscar.
Cesar Abraham Vega Guerra está matriculado
en la Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Facultad de
Filosofía y Letras de la UNAM.
[i][i] Alfonso Hernández Catá
nació en Salamanca, España. Hijo de padre español y madre cubana por lo que
poseía las dos nacionalidades; acudió a la escuela en España y la mayor parte
de su obra literaria la escribió en aquel país, sin embargo el mismo se declaró
cubano y sus trabajos están fuertemente marcados por rasgos meramente
latinoamericanos. Véase su biografía en:
http://margaritaxirgu.es/castellano/vivencia3/137c/137c.htm
[ii] Hernández Catá estudió
Psicología, lo que explica la destreza con la que dibujó los rasgos y perfiles
de sus personajes tan elaborados.
__________________
Obras
consultadas:
Cabrera, Rosa M. «Sìmbolos
y claves en los cuentos de Alfonso Hernández Catá.» Actas del IX Congreso de
la AIH. Ed. Sebastian Neumeister. Frankfurt: Vervuert, 1989. Pp. 491-497.
Castro,
Andrea. «Edgar A. Poe en Castellano y sus reescritores: El Caso de "The
Oval Portrait".» 2008. GUPEA (Göteborgs Universitets Publikationer -
Elektroniskt Arkiv). 19 de febrero de 2013
<https://gupea.ub.gu.se/handle/2077/10432?locale=en>.
Catá,
Alfonso Hernández. «Breve noticia sobre el poeta norteamericano Edgar Pöe
(sic).» Poe, Edgar Allan. Narraciones Extraordinarias. Ed. S. Calleja.
Madrid: La Novela de Ahora, 1908. Pp. 5-7.
—. Cuentos
Pasionales. Madrid: América, 1920.
—. «Los
chinos y otros cuentos.» Biblioteca Digital de Aquiles Julián. 5 de
enero de 2013
<http://www.hostos.cuny.edu/oaa/pdf/lawi/Article13sep3.pdf>.
Garrandés,
Alberto. «El estilo de Poveda, reflexión breve en dos partes.» 26 de Noviembre
de 2004. Cuba Literaria, Portal de Literatura Cubana. 16 de Febrero de
2013
<http://www.cubaliteraria.cu/articuloc.php?idarticulo=11374&idcolumna=22>.
Phillipps‐López,
Dolores. «Errancias fantásticas: la narrativa breve de Alfonso Hernández Catá.»
2008. GUPEA (Göteborgs Universitets Publikationer - Elektroniskt Arkiv).
21 de febrero de 2013
<https://gupea.ub.gu.se/handle/2077/10429?locale=en>.
Poe, Edgar
Allan. La Máquina del Tiempo, Una Revista de Literatura. 11 de Enero de
2013 <http://www.lamaquinadeltiempo.com/Poe/Hawthorne.htm>.
Romero,
Maribel. «Seis características del cuento según Edgar Allan Poe.» 16 de julio
de 2008. Ocurrió en febrero. 20 de febrero de 2013
<http://ocurrienfebrero.blogspot.mx/2008/07/seis-caractersticas-del-cuento.html>.
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