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martes, 5 de marzo de 2013

"Cuento de Amor", "El Gato" y "El Testigo": Francisco Hernández Catá



EL EROTISMO, LA MUJER, Y LA MUERTE
COMO RASGOS DE LA INFLUENCIA DE EDGAR ALLAN POE

Por César Abraham Vega Guerra
 

Se antoja imposible hacer un breve abordaje del cuento de terror psicológico latinoamericano sin aludir de paso a la obra del gran maestro Horacio Quiroga (1878-1937); es ineludible advertir la influencia suministrada por el magnánimo y monstruoso cuervo bostoniano, Edgar Allan Poe (1809-1849), no sólo en la obra sino también en la vida tortuosa, trágica y dramática del escritor uruguayo; vida que culminó de manera desastrosa una tarde del 19 de febrero de 1937, cuando Quiroga, tras habérsele diagnosticado cáncer de próstata, puso fin a sus días bebiendo un vaso de cianuro en un Hospital de la ciudad de Buenos Aires. Por un sinnúmero de semejanzas halladas dentro y fuera del texto de Quiroga con la vida y obra de Poe, el uruguayo se levanta como el portador indiscutible del oscuro pendón de la literatura de horror modernista en América Latina.
Es bastante claro que la literatura de horror, maravillosamente escrita por Quiroga y tan influida por Poe, tiene rasgos bien definidos de lo que llamaremos “el Cuento Maldito”: historias de horror psicológico en las que por lo regular existe una pugna de intelectos, intrigas, estratagemas ocultas, atizadas por una atmósfera de misterio, de mucho suspenso que produce un estado de trastorno en el lector a través del planteamiento de situaciones bastante extraordinarias, pero que no sobrepasan la verosimilitud de un hecho real; dejando al lector con la escalofriante sensación de cosas tales pueden atravesarse en su vida habitual.
Cabe destacar que tanto Poe como Quiroga utilizan elementos aparentemente inocuos de la naturaleza, para depositar en ellos una entidad maligna que será el contrapunto psicológico de los protagonistas; por eso se les sitúa en la corriente del naturalismo.
Para ejemplificar lo anterior podríamos recurrir a los cuentos “El almohadón de plumas” de Quiroga y a “El gato negro” de Poe. En ambos la entidad maligna se deposita en dos creaturas de la naturaleza, un parásito chupasangre escondido en una almohada y un gato de color negro con rasgos peculiarmente perversos. En ambos casos las entidades siniestras son las que definen el desenlace neurótico de los relatos y en ambos el protagonista queda sometido a una serie de juegos mentales de los que no puede escapar y en los que las elucubraciones, las sospechas, la paranoia y los intentos de lograr una solución venturosa quedan supeditados y neutralizados por las maldades que habitan dentro del parásito y del gato.
Ahora bien, aunque la narrativa de Quiroga supo emular magistralmente la fórmula literaria instaurada por Poe y además fue capaz de tamizarla a la perfección por esos rasgos tan latinoamericanos que le granjearon tanta acogida, para hacer honor a la verdad debemos apuntar que el escritor uruguayo no fue el único, ni en su tiempo, ni en su lengua, que experimentó con los bosquejos narrativos del colosal Poe.
A Don Horacio Quiroga le acompaña y de muy cerca un escritor cubano[i] nacido apenas siete años después que él y fallecido tres años más tarde de su muerte en Argentina; Alfonso Hernández Catá (1885-1940), quien incursionó maravillosamente en diversos géneros literarios, pero que con su prosa, y en particular con su relato aglutina sendos rasgos del cuento maldito en el que irrenunciablemente está Poe como arquetipo, modelo al que acertadamente supo dar un giro bastante interesante. Sin embargo, por esos azares del destino, Alfonso Hernández no goza de la fama del “Poe latinoamericano”. No se le considera siquiera, un exponente de la literatura de terror psicológico.
La vida de Hernández Catá también tuvo algunos episodios infaustos y neuróticos; sin embargo, lo que realmente nos ocupa es la estructura con que el escritor cubano construyó a sus personajes y con ellos a sus relatos[ii]. Bien es cierto que la narrativa catiana ajusta a la perfección con las características que enlistamos del cuento maldito, no obstante el cubano supo hacer un rompimiento necesario con el naturalismo dentro del que se movían Poe y Quiroga y en consecuencia supo anudar magistralmente los conflictos psicológicos de los personajes, ya no determinados por entidades abstractas y conceptualizadas sino por antagonistas humanos alejados de un maniqueísmo duro y dotados de tremenda escala de contrastes entre el bien y el mal. Sus dotes de dramaturgo le permitieron hacer composiciones narrativas llenas de teatralidad.
Alberto Garrandés escribe que la influencia aportada por Poe en la narrativa de Hernández Catá cobra más fuerza “en el cuento ‘La hermana’” dónde “desarrolló una historia de vesania erótica alrededor de un caso de incesto -la perspectiva era el caso clínico- que, en términos artísticos, se comunica con algunos sensuales y morbosos fantasmas de Poe”.
Pero ¿por qué no permitimos que sea el mismo Edgar Allan Poe el que nos describa su modelo de relato? Y así podremos determinar con más exactitud qué tantas influencias “malditas” existen en los tres relatos del escritor cubano que nos ocupa:
Un hábil artista literario ha construido un relato. Si es prudente, no habrá elaborado sus pensamientos para ubicar los incidentes, sino que, después de concebir cuidadosamente cierto efecto único y singular, inventará los incidentes, combinándolos de la manera que mejor lo ayude a lograr el efecto preconcebido. Si su primera frase no tiende ya a la producción de dicho efecto, quiere decir que ha fracasado en el primer paso. No debería haber una sola palabra en toda la composición cuya tendencia, directa o indirecta, no se aplicara al designio preestablecido. Y con esos medios, con ese cuidado y habilidad, se logra por fin una pintura que deja en la mente del contemplador un sentimiento de plena satisfacción. La idea del cuento ha sido presentada sin mácula, pues no ha sufrido ninguna perturbación; y es algo que la novela no puede conseguir jamás. La brevedad indebida es aquí tan recusable como en la novela, pero aún más debe evitarse la excesiva longitud.
También es deseable destacar que el mismo Poe asumía que la lectura del relato debe provocar en el lector una "conmoción súbita (como un puñetazo en el estómago, por ejemplo)” [Romero] cosa que consideramos como el rasgo más importante que convierte a un cuento cualquiera en un cuento verdaderamente maldito.
Ahora sí, entrando en materia, Alfonso Hernández Catá cuenta con una cantidad abrumadora de relatos, de los cuales, escogimos tres (“Cuento de Amor”, “El Gato”, y “El Testigo”),  en los que consideramos que el influjo de Poe tiene su evidencia más grande. Al mismo tiempo iremos entresacando la personificación del mal en tres figuras femeninas, el erotismo perverso contenido en cada una de ellas y, en consecuencia, los efectos funestos desatados por estos personajes; demostrando con ello que Poe resulta una fuente de inspiración determinante en la escritura de Hernández Catá, y que sin embargo, el cubano hábilmente logro llevar la literatura de horror psicológico a un plano más allá de las fuerzas naturales que asolan la existencia humana, haciendo que la acción humana se convierta en el némesis solitario, castigador de sus propias fechorías.
En cada uno de los tres cuentos encontraremos a un personaje femenino que es determinante para el desarrollo neurótico de las historias, aunque sólo en dos de ellas dichos personajes tienen un rol protagónico (“Cuento de Amor” y “El Testigo”) y en el cuento restante la figura femenina se yergue como antagonista de la historia (“El Gato”); este rasgo es importante porque la caracterización de cada personaje responde a perfiles psicológicos muy distintos pero que comparten entre sí una sensualidad extraordinaria que define deliciosamente el tono erótico de las historias. Esa misma sensualidad queda hacia el desenlace de los relatos, asociada con la muerte.
Curiosamente, la sensualidad de los personajes femeninos que Poe incrustó en sus relatos, están indiscutiblemente asociados a un erotismo lúgubre en el que se encuentra la muerte como catalizador de la belleza. De igual forma, el personaje femenino en Poe, padece incesantemente los más terribles castigos de la crueldad humana, aspecto que se repite paralelamente en la escritura de Hernández Catá en el que las féminas, ya sea en consecuencia de sus propios actos o en total inocencia, se ven atormentadas por suplicios infamantes y neuróticos. Sin embargo en el cuento catiano, el catalizador se invierte, la belleza es la que provoca la muerte. Para demostrarlo sólo hace falta ver los perfiles psicológicos de personajes como Berenice, Leonora, Ligeia, y Madeline de Poe contrapuestos con la fraulein (señorita), la chinita, y “ella” de Hernández.
Cabe hacer notar que en los tres cuentos de Hernández Catá, los personajes femeninos de los que hablamos carecen de un nombre propio, sus enunciaciones son referenciales, impersonales, casi “cosificadas” por el intenso uso de diminutivos al referirse a ellas; este recurso narrativo es importantísimo en el ámbito de la recepción que tiene el lector de las historias. El autor, logra que el lector se apropie de los personajes y de sus actos a través de la despersonificación; si uno se enfrenta a un texto en el que los rasgos del personaje están intransigentemente definidos, uno puede crear cierta distancia con el discurso narrativo y eventualmente con la catarsis que pretende detonar; en cambio, cuando los rasgos son tan ambiguos y difusos, y además se carece de un nombre propio para designar al personaje, la historia se acerca peligrosamente al subconsciente del lector poniéndolo en riesgo no sólo de un proceso catártico, sino de una paranoia flagelante o al borde de un ataque de ansiedad.
Ahora, si nos sujetamos a lo que apuntamos con anterioridad sobre el arquetipo de cuento según Poe, y más concretamente sobre aquello de la “conmoción súbita”, encontraremos que por lo menos estos tres cuentos de Alfonso Hernández Catá, cumplen a la perfección con lo trazado por el paradigma, pues el desenlace de cada cuento surge de manera explosiva en un ámbito promedio de cuatro líneas, el escritor cubano no necesita más para dar un vuelco tremendo al hilo narrativo de cada una de las historias y que sin embargo no resulta tan abrupto o tan inverosímil para desestabilizar la secuencia narrativa, sino por el contrario, define con un contundente knock-out literario.
Hablando de la construcción de los personajes y de los trazos siniestros que obran en cada una de ellas, facilitará nuestro estudio si las colocamos en una escala de perversidad:
La que encabeza la lista es la fraulein del “Cuento de Amor”, es una mujer llena de encanto y belleza física; de buenas maneras, educada y graciosa.
“Bastaba ver su pelo de oro mustio, su aire frágil y sus castos ojos azules, para comprender que el amor, al apoderarse de ella, tendría más temblor de alma que de fuego de carne.  Hasta las palabras fútiles adquirían, al pasar por sus labios, blandura de caricia: y aun cuando hablara de cosas cotidianas, parecía otorgar o pedir suavemente”.
Durante prácticamente todo el relato no se percibe de manera consciente un vestigio de maldad aparente; y es precisamente aquí donde radica su exacerbado nivel siniestro, pues no sólo hace falta que la fraulein sea capaz de la atrocidad más insospechada sino que además sus dotes tienden una trampa insalvable para todo aquel que deposita su confianza en la muchacha: Al verla por primera vez nadie pensaba que pudiera ser institutriz. Toda ella era candidez y espiritualidad. Únicamente en el cuerpo tenía ángulos”.
En el segundo estrato la encontramos a “ella”, un ama de casa en apariencia normal, pero con una vida sexual de gran liviandad; a “ella” le gusta correr el riesgo de engañar a su esposo, un hombre violento, vengativo y celoso; por si fuera poco, el escenario de los episodios adúlteros es su propia casa, en su recámara, en la misma cama donde duerme con su esposo, a riesgo de que su hijo, un niño de nueve años, atestigüe sus deslices. Hasta aquí podría no existir ningún rasgo de malignidad en nuestro personaje, pues es altamente comprensible que una mujer en sus condiciones, fustigada por una vida matrimonial llena de tedio y vacía de amor, busque satisfacer ciertas irresoluciones maritales ya sean de índole emocional o puramente sexuales.
El actus nefandus opera cuando ella asume que sus infidelidades son actos maliciosos y no obstante ella se regodea en su propia arrogancia al sentirse superior que el incauto de su marido; es decir, el pecado de “ella” no es por lujuria sino por soberbia; a “ella” le excitaba saber que detentaba una posición de superioridad y de poder frente a su marido, sin que si quiera éste se dé por enterado:
Ya la llave giraba con ruido mal evitado en la cerradura.  ¡Su pobre marido era torpe para disimular hasta cuando pretendía sorprenderla!  Y por primera vez se le manifestaron la franqueza y la hidalguía implícitas en aquella dificultad para el engaño.
Yo, en su lugar - pensó -, habría aceitado la cerradura; me habría procurado de antemano, una llave de abajo para no tener que llamar al sereno, y en lugar de someterlo a aquel interrogatorio de seguro estéril, que, a pesar de las voces veladas resonó en el silencio de la noche como un aviso, dándole tiempo para apercibirse, habría subido silenciosa, felina […]
Sin embargo, ella no es tan mala, es muy humana, constantemente se remuerde por sus actos, se solaza infinitamente cuando encuentra una oportunidad para corregir secretamente todos sus pecados, y es su mismo remordimiento el que la lleva de la mano a un desenlace fatal. En contraste con la fraulein, “ella” es una mujer que se vuelve víctima de sus propios pecados. Su maldad “inocente” le persigue hasta destruirla:
En el último estamento tenemos a la chinita, un personaje que en comparación con los dos anteriores posee un perfil psicológico mucho menos elaborado, prácticamente es un fantasma, una entidad muy difusa que parece no tener mayor repercusión en la secuencia narrativa y que, sin embargo, define tremendamente el desenlace del cuento.
La chinita es una mujer joven, reverente, amable y sobre todo es portadora de una sensualidad irrevocable. Fray Leopoldo, trastornado por una serie de hechos trágicos, sólo puede percibir en ella una entidad demoniaca, tentadora y sugerente; no hay en toda la historia un sólo acto perpetrado por la chinita que pueda asumirse como perverso y, a diferencia de las protagonistas de los otros dos cuentos, la chinita se asocia al mal no por lo que hace, sino por lo que es: una mujer.
Este hecho conduce a fray Leopoldo a una tremenda lucha psicológica consigo mismo por no caer en la tentación de la carne, el autor nos deja saber, que el frailecillo ya había acariciado suavemente los linderos de la concupiscencia: cometiendo un pecado tal vez, advirtió que la joven que se reclinaba lánguidamente todos los crepúsculos sobre la borda con la cabeza envuelta en un velo azul y el cuerpo moldeado bajo las telas claras, era ‘casi igual’ a la Magdalena del cuadro grande de la capilla”.
Sin embargo, aunque la chinita no tiene rasgos de maldad inherente en su personalidad, y a decir verdad es demasiado deferente; toda la maldad que se percibe en ella es aludida por fray Leopoldo al traerle a la mente el recuerdo de una muchacha, hija de un sacristán del convento en el que estuvo recluido toda su vida y que pudo haber representado la única tentación que amenazara su vida monástica: “La mozuela se escapaba de sus faenas para venir a consolarle, y le sonreía en el silencio con sus dientes menudos, con sus labios sutiles: en realidad con los dientes anchos y la boca pulposa de la hija del sacristán: en realidad con la boca de todas las mujeres jóvenes del orbe.
La chinita, como hemos apuntado antes, por el simple hecho de ser mujer, exacerbaba en fray Leopoldo todas esas pasiones e irresoluciones lascivas que doblegaban la resistencia casta del fraile; ceder a ellas, someterse a los placeres de la carne equivalía a rendirse ante la voluntad maléfica de Satán: “¿Cómo en la placa fotográfica de sus retinas habían quedado aquellas imágenes latentes para ser reveladas después por los ácidos de Satán?.
La misión evangelizadora del fraile en aquellas remotas tierras orientales había fracasado por completo, en esa desventurada incursión había perdido del modo más trágico a fray Juan, su maestro y único compañero; en los últimos esfuerzos piadosos que enarboló también fracasó al no poder salvar la vida del gato desvalido que con tanto esmero cuidó. Dejarse seducir por los encantos de la chinita y con ello traicionar sus votos de castidad sería coronar Trismegisto a Satán. Por eso, para el fraile, la chinita era el refractario de la maldad.
Evidentemente, en las tres historias, los personajes femeninos son concluyentes para el desarrollo de la trama, pero sobre todo, son necesarios para torcer el hilo narrativo y aportar un tono maldito en los desenlaces de los relatos. No cabe duda que la influencia del escritor bostoniano está muy presente en el estilo catiano. Incluso, las muestras que de admiración profesaba Hernández Catá a Poe rebasan el corpus de estos tres cuentos:
En 1908 Hernandez Catá fue de uno los primeros traductores de Poe al español, Andrea Castro consigna que en la traducción de ”El retrato ovalado”, el cubano “agrega trozos explicativos y modifica algunos hechos importantes en la narración del texto fuente en inglés”. Dato que no podemos pasar por alto, ya que en él está fuertemente declarado el gusto que tenía Hernández por Poe; goce tal que al cubano le surgía la imperiosa necesidad de emular la narrativa del escritor norteamericano, e incluso de reescribirla y crear en ella nuevas sombras de terror psicológico menos cercanas al naturalismo y más allegadas a los tormentos de la psique humana.
Así mismo, Hernández Catá fue el responsable de escribir el prólogo de una de la traducción del libro “Narraciones Extraordinarias” de Poe; en el que habla de un modo bellamente literario sobre la vida y obra del escritor bostoniano; prólogo que intituló: “Breve noticia sobre el poeta norteamericano Edgar Pöe” (sic).
El genio de Don Alfonso Hernandez Catá ha sido gradualmente olvidado, en gran medida opacado por el “protagonismo” de su contemporáneo, Horacio Quiroga. También a su injusto olvido han intervenido potencias como Cortázar que con su preciosísimas traducciones ha captado las miradas de los feligreses de Poe al ofrecerles las versiones más fidedignas que existen de los cuentos norteamericanos en español; también, ¿por qué no decirlo? fue el mismo Hernández Catá que con sus “rebases” de las fronteras trazadas por Poe en el terreno de la literatura de horror modernista, quedó autoexiliado paulatinamente de los esquemas tradicionales del Cuento Maldito, pero que secretamente se yergue en silencio más allá como un arquetipo distinto de la literatura de terror, en espera de que alguien lo venga a buscar.
 

Cesar Abraham Vega Guerra está matriculado en la Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. 




[i][i] Alfonso Hernández Catá nació en Salamanca, España. Hijo de padre español y madre cubana por lo que poseía las dos nacionalidades; acudió a la escuela en España y la mayor parte de su obra literaria la escribió en aquel país, sin embargo el mismo se declaró cubano y sus trabajos están fuertemente marcados por rasgos meramente latinoamericanos. Véase su biografía en:
http://margaritaxirgu.es/castellano/vivencia3/137c/137c.htm
[ii] Hernández Catá estudió Psicología, lo que explica la destreza con la que dibujó los rasgos y perfiles de sus personajes tan elaborados.
 
 
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Obras consultadas:
Cabrera, Rosa M. «Sìmbolos y claves en los cuentos de Alfonso Hernández Catá.» Actas del IX Congreso de la AIH. Ed. Sebastian Neumeister. Frankfurt: Vervuert, 1989. Pp. 491-497.
Castro, Andrea. «Edgar A. Poe en Castellano y sus reescritores: El Caso de "The Oval Portrait".» 2008. GUPEA (Göteborgs Universitets Publikationer - Elektroniskt Arkiv). 19 de febrero de 2013 <https://gupea.ub.gu.se/handle/2077/10432?locale=en>.
Catá, Alfonso Hernández. «Breve noticia sobre el poeta norteamericano Edgar Pöe (sic).» Poe, Edgar Allan. Narraciones Extraordinarias. Ed. S. Calleja. Madrid: La Novela de Ahora, 1908. Pp. 5-7.
—. Cuentos Pasionales. Madrid: América, 1920.
—. «Los chinos y otros cuentos.» Biblioteca Digital de Aquiles Julián. 5 de enero de 2013 <http://www.hostos.cuny.edu/oaa/pdf/lawi/Article13sep3.pdf>.
Garrandés, Alberto. «El estilo de Poveda, reflexión breve en dos partes.» 26 de Noviembre de 2004. Cuba Literaria, Portal de Literatura Cubana. 16 de Febrero de 2013 <http://www.cubaliteraria.cu/articuloc.php?idarticulo=11374&idcolumna=22>.
PhillippsLópez, Dolores. «Errancias fantásticas: la narrativa breve de Alfonso Hernández Catá.» 2008. GUPEA (Göteborgs Universitets Publikationer - Elektroniskt Arkiv). 21 de febrero de 2013 <https://gupea.ub.gu.se/handle/2077/10429?locale=en>.
Poe, Edgar Allan. La Máquina del Tiempo, Una Revista de Literatura. 11 de Enero de 2013 <http://www.lamaquinadeltiempo.com/Poe/Hawthorne.htm>.
Romero, Maribel. «Seis características del cuento según Edgar Allan Poe.» 16 de julio de 2008. Ocurrió en febrero. 20 de febrero de 2013 <http://ocurrienfebrero.blogspot.mx/2008/07/seis-caractersticas-del-cuento.html>.
 

martes, 7 de agosto de 2012

Diagrama del sol: Yaxkin Melchy


POESÍA POSMODERNA EN LA ERA DE LA INFORMÁTICA

César Abraham Vega Guerra
 
El Diagrama del sol es un poemario del joven poeta mexicano Yaxkin Melchy (Distrito Federal: México, 1985) y editado por Catafixia (editorial independiente guatemalteca).
Cuando uno se enfrenta al arte de vanguardia, estando tan acostumbrado a los preceptos y normas del arte tradicional, se corre el riesgo de hallarse en un callejón sin salida, de toparse con pared; ¿cómo conciliar el afán explorador y experimental de cada disciplina artística con las formas y lineamientos de su ejecución tradicional? ¿Qué tanto nos es lícito montarnos en una u otra posición sin impedirnos ver la belleza intrínseca en el terreno contrario? Tal vez no deba asumir como contrarias estas dos ramificaciones del arte, sino más precisamente como complementarias, el arte, al fin de cuentas, desde sus más remotas ejecuciones, siempre ha sido un vehículo de búsqueda propulsado por las diversas e inextinguibles inquietudes humanas; siempre ha sido una sonda que nos permite medir al cosmos y medirnos a nosotros mismos en contra de la vastedad del universo. Sin embargo, cada corriente y escuela de cada disciplina artística se ha abierto paso entre sus expresiones genéricas a base de experimentación, ha de tomarse un paso bastante precavido al abrazar a las vanguardias del arte, pues no son pocos los descalabros que ocasionan los adelantamientos exacerbados. ¿Podría ser éste el caso?
El joven Melchy, como buen poeta posmoderno hace patente una tremenda fractura con la poesía tradicional, sus poemas representan una inserción agresiva de la era digital en el campo de las artes; muestra de ello es el segundo poema intitulado “1:00 El Arado en la Tierra”, que inicia con un desconcertante, irónico y sobrecogedor código binario; unos y ceros surcan cerca de tres páginas, haciendo que el lector se asuma como un ente desechable del ejercicio poético; ya no sólo basta la mirada escrutadora del lector, ni su bagaje emocional ni cultural; ya no es menester un cerebro aguzado para desmenuzar las metáforas y el resto de las formas retóricas con que el autor de por sí ya encripta el core de su mensaje poético; ahora el espectador es un elemento de los muchos que deben ser reunidos para comprender el discurso del autor, el otro elemento necesario es el ordenador.
Desde este primer asomo, nos enfrentamos a la angustia permanente del mundo posmoderno y de la era cibernética, el joven poeta nos sabe transmitir de un modo perverso y magistral el utilitarismo de nuestros días, el impedimento diario del hombre y la mujer para enfrentarse por sí solos a un mundo súper estructurado, sofisticado y abstracto en el que no basta el raciocinio y reconocimiento humano para asumir su mundo, sino que imperativamente necesita del apoyo de las herramientas computacionales. ¡Algo incomodísimo, si lo aterrizamos al arte! Sobre esto, Jorge Aguilera López dilucida:
En este sentido, es evidente la disolución del lenguaje referencial que se sustituye paulatinamente por diagramas visuales superpuestos al texto y que terminan constituyendo el cuerpo trascendente del libro, hasta diluirse la palabra en símbolos de equivalencias matemáticas y, de ahí, a la secuencia binaria […], anuncio de la inminencia del lenguaje nuevo, un lenguaje que evidencia al joven que creció con la ciencia y la tecnología como algo natural en su cotidianeidad.
Pero para dar mayor razón a nuestros argumentos me es necesario recurrir a un ensayo de Carlos Fajardo intitulado Poesía y posmodernidad, el cual emplearé para hacer un relieve paralelo sobre los rasgos de la poesía posmoderna y la notoriedad que de dichos hallazgos hagamos en la obra del joven poeta. Por ello es indispensable hacer un abordaje a los elementos que constituyen la poesía posmoderna mexicana. Fajardo dice:
La posmodernidad, en todos sus órdenes, evidencia una fractura de los fundamentos óntico-epistemológicos sobre los cuales por más de doscientos años nos levantamos, y proyecta su imagen de Big Bang por las superficies y las profundidades de la cultura. No está exenta la poesía de esta fragmentación en una posmodernidad activa y vigente. Originada por la crisis de los macro-relatos modernos, hija del nihilismo decimonónico, la posmodernidad actúa ahora como nómada sin brújula, se pierde para encontrarse, se expresa en una multiplicidad de situaciones ambiguas, contradictorias y contingentes en todos los ámbitos. Disidente de las utopías modernas y de las vanguardias, lleva sin embargo, como hija pródiga y adolescente, el sello de su casa original: la modernidad nihilista y crítica. Ha cambiado de actitud; ya no cuestiona propositivamente, se relaja; no critica en pos del futuro, se sintetiza en la inmediatez temporal; ya no se desengaña con un nihilismo combativo, se alimenta de su pasiva espectacularidad. La posmodernidad avanza con pies livianos por pesadas piedras. Su levedad es sospechosa cuando la gravedad de la historia actual quizá no esté para levar el espíritu hacia intenciones posmetafísicas. De allí la imposibilidad de que se constituya en una nueva utopía histórica, y más bien sirva para nutrir una utopía individualista y tecno-virtual ensimismada. Su fuerza seductora no la extrae de los componentes de la modernidad de aventura y triunfante, sino del eclipse racional convertido ahora en mercado. Si algo ha inventado, es un nuevo macro-proyecto o Gran Relato: el consumo, junto a todas las lógicas del Marketing transnacional. La política, la cultura, lo ético-estético y lo cotidiano cambian de piel y se metamorfosean ante semejante proceso que se introduce en todo cuerpo social.
Para enfatizar más las evidencias del posmodernismo en el Diagrama del sol extraigamos y puntualicemos del fragmento anterior, los elementos que caracterizan y transfiguran la poesía posmoderna hasta este punto. La poesía posmoderna, por principio de cuentas, debe romper los esquemas de la poesía establecida; del mismo modo, apela al caos como el vehículo de transmisión del mensaje poético; supura en ella, un tremendo ultra nihilismo; renuncia a la trascendencia y perpetuidad de su mensaje, y se deposita en las esferas de lo inmediato, no pretende hacer testimonio de una época, ni de una cosmovisión, ni mucho menos de una ideología poética, meramente existe porque el empuje del momento le ha concedido existir como un espasmo urgente para sanar una necesidad precaria, en su caso la necesidad de expresión; “actúa cómo nómada sin brújula”, es decir, que su discurrir está apegado a un automatismo profuso y reiterado y obediente a un capricho mucho más interno que el de transmitir por medio de los versos una inquietud existencial. Contrariamente a la poesía tradicional, la poesía posmoderna se apega a la transmisión del mensaje por la pura virtud de tener la capacidad de hacerlo y este rasgo está particularmente presente en la poesía de Melchy. La detonación de la catarsis a través de la transgresión o cuestionamiento, o inclusive la proposición de enfoques alternativos a los propios de la realidad, han desaparecido en esta índole de poesía, su intención es más reposada y pacífica, este rasgo tan exacerbado se vuelve espectacularmente llamativo; probablemente la pasividad sea una de las cartas más fuertes de esta expresión lírica posmoderna.
En primer lugar, Fajardo enfatiza la ruptura que existe en las expresiones del arte posmoderno con los cánones del arte tradicional, existe una transgresión a la norma, en este caso, la poesía de Melchy se desborda en rompimientos en lo que a la estructura y composición de un poema tradicional se refiere, como muestra de ello, podemos recurrir casi al azar a cualquiera de los poemas que componen el libro, para dotarnos de un ejemplo escogeré el poema número once “10:00”.
Estoy yendo con Manuel a Bolivia es el año 2010 lo cual quiere decir que pensamos que el mundo no durará mucho Aún así voy con Manuel Viajamos a través del desierto Pienso en un poema En una mente que puede ser una constelación En un cielo que puede ser el cielo de cualquier planeta Viajamos a Bolivia Yo cumplo un sueño que tiene que ver con la tierra con mis pulmones roncos con mi imaginación estrellada como un barco en la playa Ayer estuvimos en el mar con los amigos de Arica Estábamos desnudos soñando con ser las olas o ser los animales del abismo porque la noche sólo era un pretexto Algo antes de la muerte Es emocionante la vida o al menos eso se supone
Nos gusta la fiesta y la muerte que es un chorro de agua que nunca termina.
Si bien el formato que ha elegido el autor se asemeja mucho al empleado por la prosa tradicional, la ilación de los enunciados y las ideas es muy diferente, por lo que no empata; es destacable la ausencia de todo tipo de signos de puntuación, los versos se separan los unos de los otros por medio de una especie de intuición literaria, auxiliándose por la aparición supuestamente intempestiva de una letra en mayúscula, del mismo modo, no existe estructura, ni métrica, ni rima, todo el discurrir del poema fluye a través de una especie de ritmo dotado por las mismas palabras contenidas en el poema; su musicalidad está encastrada en la capacidad y buen oído del autor para “ritmar”, según lo admite Jorge Aguilera López en La musa ya no canta, ahora postea. Posmodernidad en la poesía mexicana actual. La mayoría de los poemas contenidos en Diagrama del Sol obedecen este esquema, así que aquí vemos cumplirse el primer rasgo descrito por Fajardo: la ruptura con la poética tradicional. Del mismo modo, podríamos arriesgarnos a asumir que existe, inmerso en la poesía de Melchy, un discurso narratológico muy segmentado, pero bastante lineal que hacia el final del poema se proyecta y se sublima a un contenido más metafísico; el poema inicia una relatoría de hechos, que hasta el punto no podemos asumir como reales o ficticios, pero la concatenación de las sentencias y de las ideas, innegablemente nos lleva de la mano justo en el modo en que nos transporta un cuento convencional escrito en prosa; sin embargo, la fisonomía del mensaje poético se va transfigurando tanto como va avanzando el «relato» al punto de colgarse de esferas tan superiores que sólo atañen a la poesía. Al final ya no se ven los nudos «narrativos» sino las formas de un poema bien logrado.
El poema inicia con “Estoy yendo con Manuel a Bolivia es el año 2010 lo cual quiere decir que pensamos que el mundo no durará mucho”, que a las claras nos muestra la intención expresa de contarnos una anécdota a través de una «narrativa» sencilla y llana, pero que va desquebrajándose y evolucionando hacia las formas retóricas, particulares de la poética, que evidenciamos con: “Nos gusta la fiesta y la muerte que es un chorro de agua que nunca termina”, verso que claramente nos remite a la poética y renuncia a la narrativa.
Continuado con las definiciones posmodernas de Fajardo, asomémonos al factor de la tendencia al caos. En la obra del joven poeta mexicano, se percibe  el desasosiego estético, el discurso que converge entre la belleza, la monotonía y el caos, las metáforas sencillísimas pero sincréticas, automáticas, caprichosas, e indescriptibles como: “Estamos locos Las Patrullas de la Muerte rondan por las calles Entonces podemos cantar con los ojos cerrados”. En los versos previos es posible apreciar un rasgo peculiar de la poesía posmoderna, la vertiginosa caída en el nihilismo; en dónde ni la forma ni el fondo pugnan por nada.
El tercer elemento extraído de las aproximaciones de Fajardo lo condensaremos como intrascendencia y temporalidad. Partiendo del entendido trascendental del arte, que apoya su virtud en la capacidad de extender se mensaje estético más allá de las barreras del espacio y del tiempo, notaremos que en contraste, el trabajo poético de Melchy está bien estacionado en el aquí y en el ahora, el aglutinamiento reiterativo de elementos posmodernos y la mención constante de aparatos electrodomésticos cualidad muy particular y bastante evidente en la obra, hacen que el goce poético se asuma de inmediato, que sea sólo disfrutable para el lector contemporáneo, y que su destreza poética, se exilie de la del futuro y la del pasado; el nulo afán «pretencioso» del poeta radica en transmitir su mensaje a su compañeros generacionales, y lejos de superar las brechas espacio-temporales, su intención más garante se asume en la focalización de su obra.
Por último revisemos la espectacularidad pasiva. De acuerdo con Fajardo, la espectacularidad pasiva es uno de los elementos más característicos de la poesía posmoderna, “la poesía light o imágenes de pasarela” no asienta sus raíces en el contexto de las cuestiones morales, existenciales; no transgrede de manera directa los preceptos y cánones sociales, éticos ni estéticos; del mismo modo tampoco propone alternativas de cambio en ningún sentido; la poesía de Melchy, sólo existe para sí:
Por qué no te había escrito este libro Porque pensaba que un poema bastaba para encontrarte como un insecto en un punto que es un frasco o como un planeta en un punto que es el universo agujero negro Pero ahora creo que puedo vivir dentro de una complejidad de puntos Que tengo la piel tatuada como los jaguares Que este libro es la piel y es el jaguar que arranca o conecta mis neuronas y retuerce mis ojos Este libro es la continuación de mí en las selvas celestes.
La poética posmoderna mexicana, o al menos, en el caso de Melchy, nos lleva al cenit máximo de la tesis de la inutilidad del arte. Sin embargo, es esta misma pasividad la responsable de provocar la catarsis a través de una espectacularidad inerte y silente. Puesto que las metáforas y formas retóricas se arraigan en el sentir interno del hombre y de la mujer cotidianos de la actualidad. Pues, retomando a Aguilar López, “La preeminencia de la individualidad, [es un] sello característico de los poetas recientes”. La poesía clásica, por ejemplo, se mantiene tan funcional y tan viva, por su capacidad de evocar las inquietudes humanas y existenciales que promovieron que el autor construyera sus versos, no importa que tan distantes sean aquellos siglos en los que se escribieron, tampoco son de fundamental importancia los contextos sociales e históricos que apabullaron al poeta como ente creativo para manifestar el discurso de su obra, la temática del poema, ya sea de Quevedo o Góngora, están sublimados a tal grado que atañen al ser humano de todas las condiciones sociales, históricas y de todas las épocas. Apela a una colectividad tremebunda e intemporal, rompiendo todo tipo de brechas. En cambio, la poesía posmoderna es la antítesis del efecto trascendental, y radica precisamente en su individualismo y su cronología estática el efecto catártico que posee.
Pero, ¿a qué obedece esta transfiguración tan radical entre las dos vertientes de la poesía, la tradicional y la posmoderna? Debemos comprender que las reglas y los medios no son los mismos en la poesía tradicional de hace al menos tres décadas; el poeta aglutinaba su obra poética tras un periodo de tiempo considerable, la ensayaba, la revisaba innumerables veces, la juzgaba impía, la corregía al punto de desvanecerla en la nada, la contenía durante mucho tiempo hasta que se consideraba con el mérito suficiente para publicarla, esto en obediencia, claro, a que los medios de publicación eran más inaccesibles y requerían un escrutinio minucioso y sistematizado; en contraste, en la época posmoderna,  tras la llegada de la democratización de los medios, la era digital y tecnológica, y la masificación de las telecomunicaciones, la oportunidad de publicación fue mucho más sencilla, inmediata, obedeciendo únicamente al impulso creativo, dejando de lado el espíritu autocrítico y mesurado. Si bien, es harto admirable la obra poética de la actualidad, ésta debe de compartir terreno con una avasalladora cifra de poetas cibernéticos, muchísimos malos, algunos pasaderos, y unos pocos con bastante potencial, como en el caso de Melchy. Resumiendo, el poeta de antaño se reservaba para sí, en la oscuridad, a través del tiempo, justo en el modo en el que madura un buen vino; el poeta posmoderno en cambio, se expone a la luz del día en un jardín florido en el que se debate los nutrientes del arte poética junto con sus congéneres, de él y sólo de él depende brotar de la tierra y administrar sus recursos y energía para germinar más alto, más brillante y más bello, justo en el modo en que una flor supera al resto en la floresta. El poeta tradicional aglutina las diversas realidades que le convulsionan y las proyecta con un afán trascendental y colectivo, afín a todos los espectadores que le lean a través de las distantes regiones y las distintas épocas. El poeta posmoderno actual asume su realidad, la sintetiza, la proyecta según lo que ha percibido desde su propia integridad y, desde su subjetividad, crea un poema que no pretende llegar a otro desde afuera, sino que debe ser entendido desde lo que se porta por dentro.
En conclusión, la poesía posmoderna, en particular la de Yaxkin Melchy, y concretamente la hallada en este libro, Diagrama del Sol, nos ofrece un afluente vivificante de ideas y panoramas inexplorados, un enfoque bastante diferenciado del quehacer poético de la actualidad. El libro del joven poeta brinda un sinfín de lecturas, tanto para el que conoce bastante de poesía, como para el explorador que apenas se interna en este género literario. Es un libro contenido en extensión pero muy profundo en calidad e imágenes. A la par es loable la edición que ha logrado de una manera tan bella y afortunada Catafixia Editorial, Diagrama del Sol es una obra que recomiendo sea leída, pero sobre todo que sea analizada, revisada y expuesta como una muestra del potencial poético y literario de los autores novicios mexicanos.


                                 César Abraham Vega Guerra
                                 está matriculado en la Licenciatuta en Lengua y Literaturas Hispánicas
                                 por la facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.
 

Obras consultadas:
Aguilera López, Jorge. La musa ya no canta, ahora postea. Posmodernidad en la poesía mexicana actual. Ponencia que fue leída originalmente el Coloquio Literatura y Posmodernidad, celebrado en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM el 25 y 26 de octubre de 2010. <http://cuadrivio.net/2011/03/la-musa-ya-no-canta-ahora-postea-posmodernidad-en-la-poesia-mexicana-actual-2/>
Fajardo, Carlos. Poesía y posmodernidad. Algunas tendencias y contextos. (A propósito del XI Festival Internacional de Poesía de Medellín, Colombia, 2001) <http://www.ucm.es/info/especulo/numero20/posmoder.html>
Melchy, Yaxkin. Diagrama del Sol. Primera Edición. Guatemala: Catafixia Editorial, 2010.